Voy creciendo mentalmente, pero no como persona. Una evolución del
tiempo que transcurre sin ningún croma. Una pausa, el viento, notar la
distancia, suspirar, volver la cabeza, observar tu progreso y echarte a llorar.
Todos los años desperdiciados por modas, por tonterías. Cada segundo que
valía y se despreció. Cada mirada que ignoraba, cada palabra, las sonrisas que
no regalé a quien se merecía. El desprecio que mostré tanto al prógimo como a
mí misma. Desgasté mi batería, apagué mi energía.
Diferente entre la gente y por tal menospreciada. Descubriendo que es
verdad que el clavo que sobresale es el que más martillazos se lleva. La cabra
escondida entre el rebaño de ovejas. Los golpes que me dio la vida crearon
heridas que dejaron costra. Ya sabes, de esas que si la costra se quita, vuelve
a sangrar.
Al compás del ritmo mudo que crea mi pulso, de la letra que canta mi
corazón con rima asonante, sigo en pie, caminando, sonriéndo, como antes.
Sigo creciendo, deseando que los pequeños no experimenten ni una parte
de éste dolor tan agrio, ningún nudo en la garganta del tamaño de un limón...
quizás por eso sea que la saliva me amargaba al tragar. Que no se observen tan
de cerca que se vean de lejos. Que dediquen las mismas sonrisas a la gente que
las merece que al espejo. Que no haya tantos espacios en blanco en el libro de
su vida.
Cierro la caja de mis recuerdos con llave y la tiro al mar. Volver la
cabeza atrás no sirve de nada. Olvidando el pasado, viviendo el presente y
soñando por el futuro me encuentro. Con la fuerza de Hércules para enfrentarme
a un nuevo día. Cambiando esos cuarenta músculos que usaba cada día para llorar
por esos diecisiete que crean mi sonrisa.
Si la vida son dos días no emplees uno y medio pensando cómo has llegado
hasta aquí.