viernes, 9 de noviembre de 2012

El cigarro de la vida.

Empezó con el humo de un cigarro. Un humo áspero que quemaba en los ojos. Un humo que parecía tóxico. Un humo que, por desagradable que fuese, a ella le gustaba.
Las formas que hacía expandiéndose en el aire con tonos grises casi transparentes que la encandilaban, el olor a tabaco, a nicotina, a fuego, a cenizas, por el que suspiraba.
Primera calada, se tragó el humo de golpe, tosió.
Segunda calada, sonreía mientras miraba el humo.
Tercera calada, comenzaba a sentirse cansada, débil...
Cuarta calada, ella parecía consumirse junto a su cigarro.
Las caladas sucedían mientras su mirada se perdía entre humo. Entre sus extrañas formas que dejaban pasar pequeños rayos de luz entre sus curvas y ondas.
Quinta calada, tiró la ceniza, que pareció una montaña derrumbándose.
Sexta clada, se quedó jugueteando con el cigarro entre los dedos un buen rato. Le dio la vuelta y miró atentamente las briznas de fuego que aparecían fugazmente en la ceniza, iluminando débilmente con un tono naranja.
Devolvió el cigarro a su posición y se lo llevó a los labios, séptima calada.
Se lo iba fumando poco a poco, sin prisa alguna. Disfrutando de cada calada que ennegrecía sus pulmones.
Octava calada, su cigarro se estaba acabando y ella no parecía inmutarse.
Novena calada, el cigarro se consumía rápido, pero ella no tenía ninguna prisa.
Última calada. El cigarro se consumió. Lentamente apagó el cigarro contra el cenicero.
Tras las últimas hebras de humo ella, como su cigarro, se consumió y su vida se apagó de tal manera que, por mucho que lo intentaron, fue imposible volver a encenderla.

jueves, 25 de octubre de 2012

Reflexiones de una noche que acaba de empezar. (2)


Las palabras parecen no concordar en mi cabeza. Dicen que andar sirve para estimular la mente, para recordar, para ayudar a que las ideas fluyan, pero a mí los recuerdos solo me desgarran más la mente.
Escribiendo lentamente todas y cada una de éstas palabras que parecen no salir. Puede que ésta historia no tenga mucho sentido al leerla sin más, pero ponte en mi piel, aún más desgarrada que mi mente. Las palabras no me hacían sangrar exteriormente y ésta era clara forma de hacer notar que el sufrimiento también puede ser inculcado en una persona de no gran edad.
Tantas náuseas me provocaba mi nerviosismo que prefería no comer por miedo a echarlo todo. ¿Para qué dormir, si ya no me dejaba respirar ni en mis sueños? Siempre con los ojos hinchados, enrojecidos como la sangre. Siempre quise saber como me quedaría la raya de ojos, pero no podía; estar llorando constantemente hacía que ésta se diluyese ojos abajo y me provocara una mirada de mapache.
No recuerdo mi sonrisa, hace tanto que no la veo que esa imagen se me ha borrado del cerebro.
Me desahogo ahogándome en mis propias lágrimas... qué irónico. Si mi vida es un camino tan duro, ¿por qué yo no soy más fuerte, por qué no puedo soportar el peso de mis propias decisiones?
Reflexiones tardías en horas perdidas por hechos dañinos que apuñalan el alma. Se me clavan las miradas cada vez que voy a alguna parte. Siempre con la cabeza gacha, agazapada, no he de destacar, no debo llevarme más martillazos, no podré soportarlo más.
Cada vez que paso página, me encuentro una en blanco, y cada vez que la escribo nunca consigo acabarla.
Ser como una piedra suele salvarme. Fingir que no siento ni padezco hace que se canse y que deje de torturarme unas horas, unos minutos, unos segundos, lo que sea. Necesito que sus palabras dejen de ahogarme, poder inhalar un poco de aire que me dé fuerzas para levantar cabeza, para volver a flote. A veces pienso que mis oídos y mi corazón están conectados; cada vez que descarga su ácido verbal contra mí y lo escucho, el corazón me duele, como si quisiese darme un aviso de que debía ignorar, pero no podía, el cerebro me lo impedía.
Debate entre cerebro y corazón y yo aquí, sin saber a quién dar la razón.
Puede ser que no se me haya ocurrido un buen principio, y la verdad es que este tampoco es un buen final. Tampoco sé si mi agonía terminará, o me encontraré en el ojo de huracán que me ralentiza en mi progreso, que me provoca náuseas cuando miro al exterior porque el mundo gira demasiado rápido para mi cuerpo.
Despedirse siempre es una opción y yo estoy ligada a ella, como una madre a su hijo gracias al cordón umbilical.
Fin.

lunes, 8 de octubre de 2012

Marioneta.



Me volví a despertar deseando salir de éste sueño que en realidad era únicamente mi vida, aunque yo no lo desease así.

Los recuerdos atizaban fuertemente en mi mente, cual jinete atiza a su caballo. Esos recuerdos que desgarraban poco a poco mis neuronas. Siempre he pensado que ellos disfrutan causándome ese dolor, pero mi cuerpo no lo admite.

Impotencia al acatar todas y cada una de las órdenes de mi sargento, por dolorosas que me resultasen. Observo como cada día traen a niños más pequeños de otras razas y los fusilan con sangre fría cual témpano, ver como ninguna expresión de sus asesinos cambia en su cara, se mantienen firmes, sin sentimientos. Simples robots sin cerebro, creados para dar órdenes. Voluntad propia perdida, ¿dónde queda el orgullo, mi sargento, al matar a un niño de a penas 6 años?

He de mantener la cabeza fría y la mirada fija al frente, la cabeza alta aunque mi moral esté por los suelos. No puedo revelarme, he visto compañeros hacerlo y morir en el instante. Lo único que puedo hacer es esta tortura mental que mate mi alma y, poco a poco, mi cuerpo.

"Señor, sí, señor. Matar es mi deber para proteger mi honor." Debimos repetir una y mil veces cada día. Muchos de ellos me miraban, los que conocían mi mente a fondo. Los que al igual que yo pensaban pero más que al sargento a la muerte temían.

Los días pasaba con el fusil en de la mano al hombro, del hombro a la mano. Firme, rompan filas. ¡Alto! Silencio y disparos. Más vidas perdidas, más sueños rotos.

Querido sargento, ¿cuan valiente eres de no enfrentarte a ellos por ti mismo que mandas a otras personas a realizar las tareas que tú mismo encomiendas?

Hace varios días llegaron más niños. No iban a ser exterminados, si no adiestrados, como perros. Cogían un arma como si fuese un juguete, ¿eran conscientes de los peligros que en su estructura conllevan?

El sargento solía gritarles siempre la misma frase: "niño soldado, olvida tu nombre."

Olvidar su nombre, desprenderse de su orgullo, de su alma, de su propia vida. Pasar a ser una marioneta más, otro robot a controlar.

La seriedad de mi rostro siempre se ha mostrado impasible, nunca la sonrisa a mí ha vuelto desde que entré aquí, cuando nos hablaron de libertad. Cuando yo, inconsciente, no sabía que cuando hablaban de libertad nos dirían cuando usarla.

Mi sargento, ¿cuántas vidas más vas a arrebatar? ¿Por qué no te quitas la tuya propia, si acaso estás velando por la paz mundial cuando en realidad das señales mudas de querer provocar una guerra?

Me abstengo de fusilar escondiéndome tras mis compañeros. Apunto con el fusil, pero nunca disparo. Siempre hay algún compañero que me hace el favor.

Me dicen que soy valiente, que tengo un don. No es un don, es llevar aquí toda la vida, sabiendo como va a acabar cada persona "diferente" que entra aquí.

Cada noche me vuelvo a acostar a los tres disparos y el sonido de tres cadáveres más cayendo al suelo. Con la conciencia intranquila siempre al irme a dormir, con la conciencia intranquila siempre al despertar.

Un continuo estado de nerviosismo, impotencia y tristeza componen el cuerpo de éste que soy yo.

Despido otro día más deseando que mi pesadilla termine, aunque al despertar, siga mal viviendo ésta rutina dolorosa en la que mi sonrisa se apagó, como la vida del sargento cuando mis dedos sintieron el tacto de gatillo. Cuando su sien notó la fría pistola. Cuando una sola bala no pudo imponer justicia ante las millones de éstas que se desgastaron.

Camino hacia mi final esta vez con la cabeza alta, sabiendo que hice lo que deseaba. Que continúe la esperanza que impartiendo lleva a todas aquellas personas que se reúnen frente a la misma pared en la que yo...

Me desplomo, caigo. Mi sangre está en el asfalto, el dolor me está matando. ¿Ésto es lo que sufren ellos? Cada segundo que pasa siento más cerca la muerte...

Ya no puedo respirar...

jueves, 27 de septiembre de 2012

Sigo creciendo.


Voy creciendo mentalmente, pero no como persona. Una evolución del tiempo que transcurre sin ningún croma. Una pausa, el viento, notar la distancia, suspirar, volver la cabeza, observar tu progreso y echarte a llorar.
Todos los años desperdiciados por modas, por tonterías. Cada segundo que valía y se despreció. Cada mirada que ignoraba, cada palabra, las sonrisas que no regalé a quien se merecía. El desprecio que mostré tanto al prógimo como a mí misma. Desgasté mi batería, apagué mi energía.
Diferente entre la gente y por tal menospreciada. Descubriendo que es verdad que el clavo que sobresale es el que más martillazos se lleva. La cabra escondida entre el rebaño de ovejas. Los golpes que me dio la vida crearon heridas que dejaron costra. Ya sabes, de esas que si la costra se quita, vuelve a sangrar.
Al compás del ritmo mudo que crea mi pulso, de la letra que canta mi corazón con rima asonante, sigo en pie, caminando, sonriéndo, como antes.
Sigo creciendo, deseando que los pequeños no experimenten ni una parte de éste dolor tan agrio, ningún nudo en la garganta del tamaño de un limón... quizás por eso sea que la saliva me amargaba al tragar. Que no se observen tan de cerca que se vean de lejos. Que dediquen las mismas sonrisas a la gente que las merece que al espejo. Que no haya tantos espacios en blanco en el libro de su vida.
Cierro la caja de mis recuerdos con llave y la tiro al mar. Volver la cabeza atrás no sirve de nada. Olvidando el pasado, viviendo el presente y soñando por el futuro me encuentro. Con la fuerza de Hércules para enfrentarme a un nuevo día. Cambiando esos cuarenta músculos que usaba cada día para llorar por esos diecisiete que crean mi sonrisa.
Si la vida son dos días no emplees uno y medio pensando cómo has llegado hasta aquí.

domingo, 19 de agosto de 2012

Poder, puedo.

Puedo mover montañas, puedo alcanzar el Sol. Puedo hacer que la tierra no gire, o incluso que no exista. Puedo ir a la luna o, caray, que la luna venga a mí. Puedo crear paz al igual que puedo destruir, puedo no existir, puedo hacer que no existas. Puedo hacer que los lagos sean salados e incluso teñir el mar de morado. Puedo vivir entre hadas, elfos y trolls. Puedo hacer que los humanos seamos minúsculos y las hormigas dominen el mundo. Puedo hacer árboles de fuego y diseños para cambiar el cielo. Puedo crear amores imposibles o odios irracionales. Puedo hacer que los coches funcionen con abrazos y pescar estrellas con una caña de azúcar. Puedo hacer un mundo de sonrisas o sumirlo en una oscura tristeza. Poder, puedo. ¿Cómo puedo hacerlo? Con tres ingredientes clave: Algo con lo que escribir, un lugar donde hacerlo y mi imaginación.

Carta a Peter.

Hola, te escribo desde mi habitación, en el justo momento en el que empiezo a volverme loca. ¿Qué quiero? Que vengas a buscarme, Peter, me voy contigo a Nunca Jamás para no volver nunca. El mundo en el que vivo todos están locos: La gente se mueve por papel de colores, el color y el número equivale a el valor, ¡incluso se quitan vidas o arrasan países por ellos!
¿Dónde está la imaginación? Aquí ya se ha esfumado. Los niños juegan con máquinas electrónicas que hacen mucho ruido y los evaden del mundo exterior. Rodeados de tecnología, olvidando tantos valores... La gente ha olvidado lo que es querer. Desde que el sexo se hizo tan fácil, el amor es un mito. Ahora suelen tener "polvos de una noche"... ¡No, no. No son como los de Campanilla!
La inocencia ya no se pierde, se nace directamente sin ella, te la arrebatan y yo la conservo aquí, en un frasco bajo la almohada de mi habitación. No soporto ver cada día en lo que se ha convertido mi mundo, Peter... ¿Vendrás a buscarme, verdad?

viernes, 3 de agosto de 2012

Recordarte.



Todo razonamiento le parecía absurdo. Notaba como la vida se le había ido escapando poco a poco, como su cuerpo se oxidaba a medida que respiraba. Contrajo los músculos y contuvo la respiración.

Ahora que las cuentas le cuadraban, ahora que llevaba una vida tranquila, ahora que su sonrisa brillaba… la enfermera le llamó: “Señor Sáez, puede pasar.”

Rompió todos sus esquemas y entró en un continuo estado de nerviosismo. Acudió a los resultados él solo, a pesar de que su esposa, Karina, se había ofrecido a ir con él.

“Señor Sáez”_ comenzó el médico_ “¿Cómo es que ha acudido solo?... ¿Señor Sáez?”_ preguntó el médico perturbado por la inexpresividad en el rostro de su paciente y la quietud de su cuerpo. De no ser por que parpadeaba, habría jurado que era una estatua.

De pronto, éste le miró y le dijo con una tenue voz que delató su inquietud, su preocupación, su deseo y miedo por escuchar el diagnóstico: “Francisco, por favor. Llámeme Francisco.”

El médico aceptó la petición de su paciente y comenzó a llamarle así. “Verá Señor Sá… esto.. Francisco,”_ comenzó nuevamente el médico.
 Antes de decir el diagnóstico estuvo hablando largo y tendido. Durante ese tiempo a Francisco le dio tiempo a recordar el por qué de estar allí… recordar.

Todo había empezado hacía tres meses cuando Francisco comenzó a tener pequeñas lagunas de memoria. No se acordaba de muchas cosas, pero no le dio importancia, puesto que muchas veces estás despistado, dejas algo sin prestar atención y luego no te acuerdas de dónde estaba, hasta que un día Francisco olvidó donde trabajaba. Karina estaba preocupada desde el principio, porque aunque no le diese importancia, ella se preocupaba por su salud. Entonces fue cuando pidió cita para el médico en el cual le hicieron varias pruebas de las que los resultados se sabrían mínimo un mes después y ahora estaba allí, sentado frente al médico que le daría los resultados, sumido en sus pensamientos. Oía al médico lejano a pesar de que estaba al lado.

“Bien, Francisco, sé que esto es duro, pero…”_ El médico no se atrevía a continuar, no había dado nunca una noticia de tal calibre, nunca le había diagnosticado a nadie… "Alzhéimer"_ Terminó Francisco por él la frase.

Silencio. Después de esa noticia la habitación se sumió en un oscuro silencio en el que lo único que brillaba era una tímida lágrima de Francisco, en lo que lo único que sonaba eran los pensamientos de éste que le atormentaban, repitiéndole una y otra vez que iba a olvidarlo todo y a todos.

Francisco abandonó la clínica cabizbajo, resonando una y otra vez la palabra "alzhéimer" en su cabeza. Llegó a casa con un aura negra que perturbó a Karina. Al ver el rostro de su esposo, no necesitó preguntar, puesto que ya conocía la respuesta. Lo que no imaginaba es lo que a continuación vendría. “Karina, hemos de hablar. Voy a olvidarlo todo, pero lo que más miedo me da es olvidarte a ti. Te causaré un grave dolor cada vez que quiera hablar contigo y no recuerde tu nombre y me dolerá no saber el por qué de ese dolor. No quiero sufrir, no quiero que sufras y por eso he decidido irme.”_ concluyó Francisco.

Karina no se atrevía a hablar, no sabía que responder en ese momento. En el fondo sabía que él llevaba razón, pero ella no quería perderle antes de tiempo. Cavilando ella en ese abismo en el que cualquier palabra no tendría sonido, no le quedó más remedio que aceptar su decisión.

Ambos se dirigieron a su habitación en silencio, Francisco a hacer la maleta y Karina a ayudarle. Una vez terminado, ella preparó la cena. Ninguno de los dos comió, las fuerzas les fallaban. Francisco se fue a la mañana siguiente rumbo a ninguna parte. La gente que le miraba seguramente se preguntaban si era él el que arrastraba la maleta o la maleta le arrastraba a él.

Francisco iba recordando las palabras del doctor: “Éste alzhéimer está muy avanzado… me duele mucho darle esta noticia, Francisco, pero le calculo seis meses de vida.” Seis meses de vida...

Los tres primeros meses Francisco fue vagando de hotel en hotel con el dinero que había sacado de casa, el que había sacado de su cuenta y el que, aunque él no lo recordase, Karina le había regalado. El tiempo se le antojaba lento y se encontraba vagando entre los recuerdos que aún le quedaban. Ya no podía recordar prácticamente nada y el nombre Karina para él ya no tenía significado.
A finales del quinto mes, Francisco ya no recordaba lo que había hecho el día anterior y tenía grandes lagunas de lo que había hecho varias horas atrás. Olvidó el uso del dinero y de las ropas que llevaba en la maleta. El principio del sexto mes en el cual su vida tendría fin transcurrió rápido para él. Era invierno y ya había nevado varias veces. Francisco iba con la misma ropa durante un mes en el cual había llovido, nevado, vuelta a llover y a la aparición de un amplio arco-iris. Este suceso fascinó a Francisco, el cual ya no sabía hablar. Iba caminando por la arena de Levante cuando se cayó de bruces al suelo. Una mujer de aproximadamente su misma edad le ayudó a levantarse. Francisco no recordaba como sostenerse, entonces la mujer le llevó a su hogar y le tendió sobre la cama.

La mujer se quedó atónita contemplando a Francisco, con lágrimas en los ojos. Francisco observaba todo desde la cama, cual recién nacido, con curiosidad y reparó en una fotografía enmarcada en madera de aquella mujer con un hombre el día de su boda. Francisco no recordaba leer, por lo tanto no advirtió que en la madera estaba grabado “Francisco y Karina.”

Francisco miró a Karina y pareció mirar su tono de ojos. Era un color azul cielo impregnado de lágrimas que la luz de la ventana atravesaba formando un pequeño arco-iris en su iris. Francisco parecía sonreír.
Cuarto de hora después él adoptó una posición fetal en la cama en la que tantos años estuvo durmiendo junto a ella, cerró los ojos y murió.

Karina comenzó a llorar gravemente, y a secarse las lágrimas con esa bata de estar por casa roja con dos bolsillos a ambos lados que tanto le gustaba a Francisco. Metió las manos en los bolsillos y palpó algo en el izquierdo. Pensaba que era un pañuelo e iba a optar por secarse con él, pero al tocarlo con más atención, Karina notó un tacto más plastificado que el de un pañuelo. Ella lo sacó sin cesar de llorar y descubrió una cartulina de color rojo, el favorito de Francisco, en la cual estaba escrito de su puño y letra "El romance de la Luna Luna", de Federico García Lorca. Era su poema favorito y Francisco lo había escrito para ella. Al final del todo, éste añadía: “No estés triste por mí, sé que el destino nos reunirá. Vive feliz aunque yo ya no esté, porque estaré siempre contigo.”

Karina sonrió aún con lágrimas y decidió cumplir la voluntad de Francisco hasta que llegase el día en el que ambos se reuniesen de nuevo.

jueves, 19 de julio de 2012

Sonia estaba loca.


Era una chica normal que nunca tuvo complejo alguno. La típica niña de cinco años, rubia y con ojos azules. De pequeña estatura, pero de gran valor. Pero ella vivía como en aquel juego de ordenador al que solía jugar; tenía varios miedos asociados y otros tantos deseos. Su mente funcionaba como memoria RAM y su corazón era un disco duro, por eso decía que no la era fácil olvidar.

Sus padres comentaban continuamente que querían cambiar de domicilio, cosa que a Sonia no le agradaba, y uno de sus miedos cambió por el de ir a vivir a otro lugar. No fue hasta sus siete años cuando eso ocurrió, a Sonia se le había realizado un miedo y ninguno de los deseos que conservaba. Ella era pequeña, pero muy lista. No quería permitir que esa casa fuese vendida, y menos irse del lugar en el que había nacido. Hablando sola, mientras acariciaba el pomo de la puerta, se juró en voz alta que no permitiría que aquel piso en el que vivía se le fuera arrebatado. El tiempo pasaba y varias personas fueron a ver el piso. Sonia solía sentarse en el pasillo en posición fetal, previamente, había mojado uno de sus dedos en agua y había permitido que las gotas cayesen dentro de sus ojos, provocando así una cierta irritación que enrojecería sus ojos y estimularía sus glándulas lacrimales, las cuales producirían lágrimas, con el fin de aliviar el escozor y picor.

Cuando la gente la veía allí, sentada en el suelo, “llorando”, perdían el interés por la casa. Se ve que Sonia ya tenía conocimiento de la sensación que puede causar ver a una pequeña niña llorando, sea cual sea el motivo.

Ella estaba cada vez más a punto de cumplir su deseo destacado, pero no pudo realizarlo: Tras la finalización de su horario escolar, Sonia se fue a comer a casa de su amiga Virginia. Lo que ella no sabía era que ese día, a esa hora, iría el matrimonio recién casado que la arrebataría su casa. Cuando volvió a ésta y vio como sus padres estaban quitando el cartel de “Se vende”, se alegró. Una sensación de alivio inundó su pequeño cuerpo. Entonces preguntó el porqué de quitar el cartel, estaba ansiosa por oír que ya no se mudaban, lo deseaba, pero eso no fue lo que escuchó, sino un feliz “¡vendido!” acompañado de una amplia sonrisa de su madre. A Sonia no le hizo falta fingir las lágrimas, esta vez eran reales. Sus padres intentaban consolarla diciendo que iban a ir a una casa mejor, que haría nuevos amigos y mejores, pero Sonia no podía aceptarlo. Estaba triste, furiosa, llena de rabia. Se sentía inútil, estúpida.

Llegó el odiado 14 de agosto, día en el que harían entrega de la casa al matrimonio, y a ellos de la suya nueva. Durante la entrega, lloró, gritó y pataleó. Se negaba continuamente a aceptarlo, mas se conformó con ver el dolor en los ojos de sus compradores al verla llorar por la casa, se sentían mal. Ella pensó que no podrían aceptar la llave, pero, como solía ocurrirle a Sonia, pasó lo contrario. La aceptaron y ellos se fueron de casa, del centro de Madrid, a un pueblecito de la zona Norte.

Lo único que recuerda Sonia de ese día es su insomnio nocturno (el cual se quedaría durante, seguramente, toda su vida) y las muestras de dolor en la cara del matrimonio. Luego, despertó en su nueva habitación, sobre una cama que no era la suya antigua, sino una dura cama que sus padres compraron con el fin de que tuviese una buena postura cuando creciera. Decidió abrir las ventanas y observar que paisaje la deparaba. Sonia no se lo esperaba, era sorprendente. Grandes trozos de campo, repletos de flores silvestres, sobre todo amapolas. Se veía, desde allí, la sierra de Navacerrada. En un lejano punto del campo que divisaba, se veía a un pastor con un rebaño de ovejas. Era una visión sorprendente, Sonia estaba fascinada.

Pasó agosto, y llegó septiembre. El comenzar el colegio no supondría problema para ella, puesto que los niños pequeños se hacen amigos en breve. El primer día de clase se sorprendió al no ser la única nueva. Otra chica, Tamara, también llegó nueva a clase.

Transcurrieron los tres primeros días genial, se llevaba bien con todos sus compañeros. Eran 16 en clase, contando con la profesora. 15 nuevos amigos con los que se llevaría bien durante muchos, muchos años. Hasta que un día, uno de sus compañeros, Francisco, le dijo a Sonia: “al principio nos pareciste un poco fea, pero ya nos estás pareciendo más normal”. Desde ese día, Sonia no volvió a ser la misma. Empezó a preocuparse muchísimo más por su aspecto, a acomplejarse. Se empezó a ver gorda y disminuyó su cantidad de comida. Poco a poco, el problema pareció ir pasando y Sonia ya no prestaba atención a su físico.

Pasaron los años y Sonia entró al instituto. En su clase coincidió con la chica que, en el colegio, ya tenía fama de ser muy ligera de cascos, se llamaba Jessica. También coincidió con otra chica de la misma clase que Jessica, se llamaba Carlota. Carlota siempre había sido la primera de clase y era muy inteligente. Perdió contacto con los que eran sus amigos de toda la vida, puesto que los que fueron destinados a su mismo instituto estaban en otra clase, y Manolo ni si quiera había logrado llegar a éste. Con Irene no perdió tanto contacto, puesto que era su vecina y su mejor amiga pese a que estaba en otra clase. También conoció a Jennifer, otra chica que había conocido en clase. Carlota, Irene, Jennifer y Sonia se hicieron muy amigas.  Transcurrió el curso y Sonia se vio obligada a ir a los exámenes de recuperación de septiembre, donde aprobó y pasó de curso.

En segundo de ESO volvió a coincidir con Carlota, Irene seguía en otra clase y Jennifer, apodada por ellas mismas y por el resto de la clase como “la choni” no pasó de curso, aunque tampoco la importó. Perdieron el contacto con ella, no se volvieron a hablar nunca, ni si quiera a saludarse.

Dios sabe por que, a Sonia la volvió el complejo que nació cuando tenía siete años, y se quedó allí cuando, al ir por el pasillo junto a Carlota destino a la clase de Irene, pasaron por delante de un grupo en el que habían dos chicos y una chica. Uno de los chicos dijo “mira, esa será tu futura novia” acompañado de una carcajada que siguió la chica, a lo que el otro chico respondió “no, tío, para ti las dos, que asco” esto lo dijo con una cara que expresaba desprecio hacia ellas, la cual Sonia avistó. Se puso a llorar para sus adentros, no quería ser así, no podía soportarlo.

Sonia comenzó a no querer ir a clase, a no poder ir a comprar el pan, a no mirar a la cara a la gente por miedo a que se riesen de ella. Sonia estaba loca.

Se volvió a ver gorda y dejó de comer. Conservaba su inteligencia y, para que no se notase, se metía la comida en la boca procurando mancharse mucho por fuera, para así poder coger una servilleta de papel y, mientras se limpiaba, escupir en ella la comida.

Sonia rozaba la anorexia y seguía sin comer. Encontró a un chico por internet un año menor que ella, que la quería y la dijo que era guapa. Sonia se alegró muchísimo y comenzaron a salir. Ella volvió a comer, era feliz, pero su alegría no duró mucho. Dos meses transcurrieron de que empezaron a salir oficialmente y su relación acabó. Ella estuvo llorando a escondidas durante varios meses, luego se la gastaron las lágrimas. Volvió a dejar de comer, regresaron sus complejos, hasta que volvió a llegar el 22 de abril, el día que harían un año juntos, el día que su nueva mejor amiga, Alicia, a la cual también había conocido por internet, cumplía años, el día que Sonia estaba completamente sola en casa. El día que fue a darse un baño caliente para intentar aliviar su dolor. Sonia estaba en la bañera, intentando liberar tensiones, pero se le pasaba una y otra vez el nombre de la persona a la que amaba por la cabeza y es que es imposible olvidar a alguien a quien tanto has amado. No podía más, seguía llorando, entonces tomó la decisión que determinaría su vida. Cogió su móvil y le envió un mensaje a Juan: “Puede que te parezca una locura hacerlo, o puede que te dé exactamente igual, solo quería decirte que lo siento y que te sigo amando, siempre lo he hecho. Feliz aniversario, cariño. Será el último que sufra por ti.” Segundos después de que Sonia enviase el mensaje, llegó su respuesta: “Sonia, ¿qué estás pensando hacer?” Cuando leyó eso ya no era ella, ya no iba a dar marcha atrás. Bloqueó el móvil y lo dejó sobre la tapa del inodoro, bajó a la cocina, chorreando agua por todas partes y cogió un cuchillo. Volvió a subir al baño y se metió en el agua nuevamente con el cuchillo. Era una locura, pero Sonia estaba decidida a hacerlo ya que Sonia estaba loca.

A sangre fía, se cortó las venas de ambos brazos. El dolor causado por estos cortes no es comparable al que mi corazón lleva sufriendo desde que me abandonó, pensó Sonia.

Ella ya estaba perdiendo el sentido, veía todo borroso, el agua se tiñó del color de la sangre que manaba de sus muñecas. El móvil sonaba a su lado, pero ella lo oía tan lejano… Giró la cabeza para ver quien llamaba, y vio que era él. Hizo acopio de sus últimas fuerzas, y con las manos ensangrentadas y ésta sin dejar de fluir, descolgó el teléfono y puso el altavoz. Sonia estaba agonizando, rozaba la muerte, escuchó la voz de Juan malamente: le decía que no hiciese una locura. Sonia comenzó a reír frenéticamente, Juan no entendía esa risa en un momento así. Imploró a Sonia que no se suicidase, pues el bien conocía sus intenciones. Entonces Sonia, con sus últimas fuerzas, se levantó de la bañera y, con su propia sangre, escribió en la blanca pared del baño: “22/04, no lo olvido.” Y volvió a meterse en la bañera. Volvió a escuchar la voz de Juan, gritaba su nombre desesperadamente repitiéndola una y otra vez que no se suicidase. Sonia sonrió y dijo “demasiado tarde…” dos lágrimas cayeron y su alma abandonó a su cuerpo.

Sonia realizó el acto más valiente que puede realizar un cobarde. Murió en pésimas condiciones, sonriendo por haber escuchado, por primera y última vez, la voz de Juan.

Ella fue noticia durante meses en la televisión, pero la fama  no buscaba tras hacer ese acto, solo la paz de liberar un corazón de las cadenas que lo hacían pesado. Puede ser que Sonia ahora sea el ángel de la guarda de Juan, y esté allí para que no le pase nada malo, aunque también puede ser que haya decidido reencarnarse en una de las ovejas que cada mañana veía pasar por su ventana, porque al fin y al cabo, Sonia estaba loca.

miércoles, 18 de julio de 2012

Cosas.

Dolor formado por rabia, impotencia, tristeza. Sentimientos que brotan en tu mente cuando te arrebatan lo que más te gusta y se te clavan en el corazón, creándote así un dolor constante. Sabías que podías hacer feliz a la gente con ello, eras feliz haciéndolo, estabas allí, a gusto, haciendo algo que amabas y al volver a tu hogar te encuentras con que ya no podrás hacerlo más. Nunca más. Las únicas palabras que rondan tu mente en ese instante son "¿por qué?". Preguntar el por qué es algo estúpido, teniendo en cuanta que, por mucho que formules esa pregunta, no encontrarás la respuesta adecuada. Una respuesta que te abra los ojos, que te satisfazca, pero no. Sabes que no. Que la respuesta solo puede causarte más dolor del que estás sufriendo, mucho más. Pero preguntas y te responden, te responden mal. Y ahora es cuando la tristeza te inunda y abandonas tus ojos a las lágrimas. Lágrimas de tristeza en las que también la rabia influye notablemente. Eras feliz, tienes derecho a ser feliz, ¿por qué te roban la felicidad de tal plumazo? Pretendes retirarte a tu dormitorio, a llorar. Entonces llega la impotencia y te empieza a pesar el cuerpo. Los hombros, las piernas, los párpados. No puedes más. Llegas a tu cuarto a trompicones: Te tumbas en la cama, repleta de dolor, a gastar toda tu rabia y tristeza. No quieres hablar con nadie, no quieres estar con nadie y te niegas a creer que esto haya podido suceder. Lloras hasta dormir, y cuando despiertas ya no te quedan lágrimas. La almohada, mojada, reposa sobre el colchón. Las sábanas empapadas y miles de pañuelos de papel que contienen mocos y, obviamente, más lágrimas. La impotencia no te ha abandonado y sigues notando que todo tu cuerpo pesa. Con el tiempo irás olvidándolo, pero no lo conseguirás del todo. Cada vez que veas lo que te quitaron, sea donde sea, llorarás inconscientemente.

viernes, 13 de julio de 2012

Asco.

Seres humanos, racionales pero irracionales. Aunque son conscientes del dolor que pueden causar, lo hacen. Disfrutan con las desgracias. ¿En nombre de quién pueden herir? Me dan asco. Ahogándome en estos sucios pozos de palabras sin sentido, sintiendo el dolor de las lenguas punzantes taladrando mi alma, miradas que se clavan como flechas. Más doloroso que cualquier agresión física, que me hace sentir rabia. Rabia por no poder plantar cara, por no poder dejar las cosas claras. Rabia, por ser tan insegura, por tener miedo a explotar, a que la gente conozca mi yo oscuro. Porque tengo un demonio despierto en el interior, reprimido por el constante miedo que esta sociedad inculca a las personas desde que son pequeños. Ver violencia en la televisión y no inmutarme me hace sentirme extraña. Oír anunciada la muerte es algo tan normal que nos hemos acostumbrado a ello. Es extraño lo insensibles pero sensibles que somos. Ahora éste demonio está haciendo fuerza para salir. Ya no importa el miedo o el dolor que pueda causar. Estoy cansada de sufrir y hoy, por fin, la verdad sobre mí va a salir a esa luz de la que tanto he huido. Porque algún día revelamos nuestro verdadero ser, y mi día se está acercando. Achácalo a que soy, desgraciadamente, humana, como todos.

jueves, 12 de julio de 2012

Poesía 1.

Abril, primavera, dicen que la sangre altera.
La sangre no me alteró, alteró a su procedente;
Alteró a mi corazón, mi corazón inocente.
El amor él conoció, la alegría lo inundó,
una sonrisa sincera, por tu culpa, primavera.
Dos patitos mes marcaron, lo que el tiempo ha desbancado.
Corazón viviendo en duda, bien sucumbe a la tortura.
Nadie dijo que sufría, nadie dijo que doliese,
nadie dijo, alma mía, que mi corazón sufriese.
El veneno fue tu voz, el antídoto tus abrazos.
Mas dejaste con tu hoz mi corazón hecho pedazos.
Si cierto es que el tiempo cura, ¿dónde puedo hallar tiempo?
Pues las heridas perduran y se agrandan por momentos.
Caminando voy sin rumbo en un mundo en tono oscuro.
Caminando dando tumbos, pues tu amor fue mi verdugo.
Mas la vida me ayudó, me quitó la mitad triste.
Ya no necesito tu voz, pues para mí ya no existes.

martes, 12 de junio de 2012

¿Lo notas?

Notas que tu respiración se acelera, tu pulso, tu corazón. Notas como la sangre te duele en las venas, notas como empieza a formarse ese nudo en tu garganta que te impide hablar. Notas como se clavan las miradas, ingenuas, piensan que no duele que te miren de ese modo. Notas como tus ojos se empañan, como empiezan a aflorar las primeras lágrimas. Notas esa congestión al intentar contenerlas, el impetuoso dolor de cabeza. Notas la presión de tu mente, incitándote a huir, ahí mismo. Dejarlo todo atrás. Olvidarte de el pasado. Notas el orgullo, punzante, grita por encima de tu mente y te suplica quedarse. Es como un debate entre tu ángel y tu demonio, no sabes a quien obedecer. Notas como las miradas descienden su intensidad, notas que la gente se dispersa y cuando notas que nadie te observa, una cálida lágrima desciende por tus mejillas, y ya no haces caso a la razón ni al orgullo, si no al corazón. Notas las miradas, notas las lenguas punzantes que hablan sin saber. Notas el nudo en la garganta más grande. Notas como tu cuerpo reacciona y mueve tus piernas a un lugar, lejos de allí, lejos de la gente, lejos del mundo. De las miradas dolorosas, de las voces insípidas. Una vez lejos, notas las lágrimas caer. No son tan molestas como esa irritante maraña de problemas que anida en tu garganta. Notas como éstas descienden. Notas el fuerte dolor de cabeza causado por las arrugas de tu frente formadas por sollozos incontrolados.
Y notas como, poco a poco, las ganas de llorar se desvanecen. ¿Será que has gastado tu cupo de lágrimas?

Reflexiones de una noche que acaba de empezar.


Palabras que se extienden a través de un universo infinito, que se esconden en los rincones de tu habitación esperando a ser encontradas.
Palabras que fueron dichas con un sentimiento puro, no fueron valoradas, y fueron desechadas.
Esas palabras que la lluvia moja, que el viento lleva, el huracán destroza y de la tormenta un rayo parte a quien las dijo al ver que no son comprendidas, correspondidas.
Lágrimas de luz descienden como la cascada más bella. ¿Cómo en algo tan pequeño y frágil puede caber algo tan grande y fuerte como un sentimiento?
Vivimos en una cruda realidad en la que desde que nosotros, los seres humanos aparecimos, disfrutamos con las desgracias de otros seres. No podemos vivir sin ellas, nos hace felices, nos hace sentir más importantes. Ha ido de generación en generación, y por desgracia se ha heredado. Vivimos en una sociedad en la que tememos a personas con piercings y tatuajes, mientras deberíamos temer a personas con traje y corbata.
Y esto me hace replantearme el parecido de la palabra "sociedad" con "suciedad"...
Ahora entiendo por que todo da tanto asco.