Rubia con ojos azules,
tan azules como el mar.
Que sus cabellos se ondulen
en su cintura al caminar;
Que al sonreír sea radiante
con sus perlas sin color;
Que brillen como un diamante
sus mejillas con rubor.
Que tenga un pecho prominente
y una cintura de avispa.
¡Pero, cuidado si me miente,
que la quito de mi vista!
Y si está un poco gordita
no la quiero conocer,
respirará como cerdita
y no parará de comer.
Y si ella es muy delgada
le diré que gane peso.
¡Esa no será mi amada
siendo un saco de huesos!
No me gusta el maquillaje,
prefiero “cara lavada”,
que tras todo ese embalaje
“todas son una monada”.
Pero si tiene granitos
o alguna mancha en la piel,
que se mantenga lejitos,
que no la quiero ni ver.
Lo triste de este poema
es que es la realidad,
y cada día más me quema
esta burda sociedad.
Sentirás que no eres nadie
si no eres el prototipo,
aunque tu interior irradie
belleza y amor a gritos.
No seas inteligente,
que eso no les va a gustar.
Que nada es más repelente
que alguien que sepa pensar.
La belleza solo externa
no me representa a mí,
no solo el largo de unas piernas
o unos labios de rubí.
La belleza es mucho más
que lo que es solo palpable,
Pero lo que hay detrás,
eso, no le importa a nadie.
Doy otra oportunidad,
ahora vuelvo a repetir,
pero dime de verdad,
¿qué es belleza para ti?
miércoles, 15 de marzo de 2017
sábado, 11 de marzo de 2017
Monstruo.
Se perdía entre las dunas
de las curvas de miseria;
en las noches de mil lunas
donde reinaba la histeria.
Donde esconderse siempre era
la decisión más acertada,
pues cuando llegaba Primavera
no había un Dios que le amparaba.
Ella nunca sonreía
ni se miraba en un espejo;
ella lloraba cada día
y huía de su reflejo.
Sentía que perdía
la cabeza un poco más
al dar diez pasos adelante
y luego once hacia atrás.
Entonces llegó aquel momento
donde tuvo que enfrentarse
a la princesa de este cuento
y entonces, analizarse,
y al mirar por fin la tez
tan blanquecina de su rostro
pudo articular de una vez:
"¿Quién amaría a este monstruo?"
de las curvas de miseria;
en las noches de mil lunas
donde reinaba la histeria.
Donde esconderse siempre era
la decisión más acertada,
pues cuando llegaba Primavera
no había un Dios que le amparaba.
Ella nunca sonreía
ni se miraba en un espejo;
ella lloraba cada día
y huía de su reflejo.
Sentía que perdía
la cabeza un poco más
al dar diez pasos adelante
y luego once hacia atrás.
Entonces llegó aquel momento
donde tuvo que enfrentarse
a la princesa de este cuento
y entonces, analizarse,
y al mirar por fin la tez
tan blanquecina de su rostro
pudo articular de una vez:
"¿Quién amaría a este monstruo?"
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