lunes, 2 de octubre de 2023

La mosca en el parabrisas

Cuando viene el metro, subo la música y miro hacia otro lado. No quiero que mi vista alcance tan siquiera la línea amarilla, no quiero que mis talones se despeguen un centímetro de la pared. El índice se aferra a la tecla de subida, buscando el equilibrio para no caer. La mano sudorosa tiembla y moja la pantalla, la funda y el bolsillo. La otra busca desesperadamente el pantalón, con su tacto áspero y rugoso, que devuelve la caricia en forma de pelo de mascota. Noto que la sangre me sube a los oídos y palpita al ritmo de la canción, que suena lejana y embotada, como el quejido de una gaviota desde el fondo del mar. Y yo, que me siento como un pez en una tacita de cristal, temo acabar en cualquier desagüe. Redondas y corcheas recorren, revolotean; las notas musicales se agolpan, me marean; el ritmo ruge y rompe con fuerza desmedida, y tras la súbita subida llega la intensa caída. Una gotita de lluvia, un chasquido imperceptible; el "click" de un ratón óptico, el "tic" de un reloj sin prisa; el "bip" de un sensor mecánico, la mosca en el parabrisas. Tan leve, tan poco humano; tan breve como un verano; tan frío, mecanizado. Un grito desconsolado. Las ruedas repiquetean levemente hasta que cesa, como las fauces de un lobo que mastica hambriento su presa. El vacío al que me enfrento, despojado de mi voz, gana cuando suena "Jueves", de La Oreja de Van Gogh.