jueves, 25 de octubre de 2012

Reflexiones de una noche que acaba de empezar. (2)


Las palabras parecen no concordar en mi cabeza. Dicen que andar sirve para estimular la mente, para recordar, para ayudar a que las ideas fluyan, pero a mí los recuerdos solo me desgarran más la mente.
Escribiendo lentamente todas y cada una de éstas palabras que parecen no salir. Puede que ésta historia no tenga mucho sentido al leerla sin más, pero ponte en mi piel, aún más desgarrada que mi mente. Las palabras no me hacían sangrar exteriormente y ésta era clara forma de hacer notar que el sufrimiento también puede ser inculcado en una persona de no gran edad.
Tantas náuseas me provocaba mi nerviosismo que prefería no comer por miedo a echarlo todo. ¿Para qué dormir, si ya no me dejaba respirar ni en mis sueños? Siempre con los ojos hinchados, enrojecidos como la sangre. Siempre quise saber como me quedaría la raya de ojos, pero no podía; estar llorando constantemente hacía que ésta se diluyese ojos abajo y me provocara una mirada de mapache.
No recuerdo mi sonrisa, hace tanto que no la veo que esa imagen se me ha borrado del cerebro.
Me desahogo ahogándome en mis propias lágrimas... qué irónico. Si mi vida es un camino tan duro, ¿por qué yo no soy más fuerte, por qué no puedo soportar el peso de mis propias decisiones?
Reflexiones tardías en horas perdidas por hechos dañinos que apuñalan el alma. Se me clavan las miradas cada vez que voy a alguna parte. Siempre con la cabeza gacha, agazapada, no he de destacar, no debo llevarme más martillazos, no podré soportarlo más.
Cada vez que paso página, me encuentro una en blanco, y cada vez que la escribo nunca consigo acabarla.
Ser como una piedra suele salvarme. Fingir que no siento ni padezco hace que se canse y que deje de torturarme unas horas, unos minutos, unos segundos, lo que sea. Necesito que sus palabras dejen de ahogarme, poder inhalar un poco de aire que me dé fuerzas para levantar cabeza, para volver a flote. A veces pienso que mis oídos y mi corazón están conectados; cada vez que descarga su ácido verbal contra mí y lo escucho, el corazón me duele, como si quisiese darme un aviso de que debía ignorar, pero no podía, el cerebro me lo impedía.
Debate entre cerebro y corazón y yo aquí, sin saber a quién dar la razón.
Puede ser que no se me haya ocurrido un buen principio, y la verdad es que este tampoco es un buen final. Tampoco sé si mi agonía terminará, o me encontraré en el ojo de huracán que me ralentiza en mi progreso, que me provoca náuseas cuando miro al exterior porque el mundo gira demasiado rápido para mi cuerpo.
Despedirse siempre es una opción y yo estoy ligada a ella, como una madre a su hijo gracias al cordón umbilical.
Fin.

lunes, 8 de octubre de 2012

Marioneta.



Me volví a despertar deseando salir de éste sueño que en realidad era únicamente mi vida, aunque yo no lo desease así.

Los recuerdos atizaban fuertemente en mi mente, cual jinete atiza a su caballo. Esos recuerdos que desgarraban poco a poco mis neuronas. Siempre he pensado que ellos disfrutan causándome ese dolor, pero mi cuerpo no lo admite.

Impotencia al acatar todas y cada una de las órdenes de mi sargento, por dolorosas que me resultasen. Observo como cada día traen a niños más pequeños de otras razas y los fusilan con sangre fría cual témpano, ver como ninguna expresión de sus asesinos cambia en su cara, se mantienen firmes, sin sentimientos. Simples robots sin cerebro, creados para dar órdenes. Voluntad propia perdida, ¿dónde queda el orgullo, mi sargento, al matar a un niño de a penas 6 años?

He de mantener la cabeza fría y la mirada fija al frente, la cabeza alta aunque mi moral esté por los suelos. No puedo revelarme, he visto compañeros hacerlo y morir en el instante. Lo único que puedo hacer es esta tortura mental que mate mi alma y, poco a poco, mi cuerpo.

"Señor, sí, señor. Matar es mi deber para proteger mi honor." Debimos repetir una y mil veces cada día. Muchos de ellos me miraban, los que conocían mi mente a fondo. Los que al igual que yo pensaban pero más que al sargento a la muerte temían.

Los días pasaba con el fusil en de la mano al hombro, del hombro a la mano. Firme, rompan filas. ¡Alto! Silencio y disparos. Más vidas perdidas, más sueños rotos.

Querido sargento, ¿cuan valiente eres de no enfrentarte a ellos por ti mismo que mandas a otras personas a realizar las tareas que tú mismo encomiendas?

Hace varios días llegaron más niños. No iban a ser exterminados, si no adiestrados, como perros. Cogían un arma como si fuese un juguete, ¿eran conscientes de los peligros que en su estructura conllevan?

El sargento solía gritarles siempre la misma frase: "niño soldado, olvida tu nombre."

Olvidar su nombre, desprenderse de su orgullo, de su alma, de su propia vida. Pasar a ser una marioneta más, otro robot a controlar.

La seriedad de mi rostro siempre se ha mostrado impasible, nunca la sonrisa a mí ha vuelto desde que entré aquí, cuando nos hablaron de libertad. Cuando yo, inconsciente, no sabía que cuando hablaban de libertad nos dirían cuando usarla.

Mi sargento, ¿cuántas vidas más vas a arrebatar? ¿Por qué no te quitas la tuya propia, si acaso estás velando por la paz mundial cuando en realidad das señales mudas de querer provocar una guerra?

Me abstengo de fusilar escondiéndome tras mis compañeros. Apunto con el fusil, pero nunca disparo. Siempre hay algún compañero que me hace el favor.

Me dicen que soy valiente, que tengo un don. No es un don, es llevar aquí toda la vida, sabiendo como va a acabar cada persona "diferente" que entra aquí.

Cada noche me vuelvo a acostar a los tres disparos y el sonido de tres cadáveres más cayendo al suelo. Con la conciencia intranquila siempre al irme a dormir, con la conciencia intranquila siempre al despertar.

Un continuo estado de nerviosismo, impotencia y tristeza componen el cuerpo de éste que soy yo.

Despido otro día más deseando que mi pesadilla termine, aunque al despertar, siga mal viviendo ésta rutina dolorosa en la que mi sonrisa se apagó, como la vida del sargento cuando mis dedos sintieron el tacto de gatillo. Cuando su sien notó la fría pistola. Cuando una sola bala no pudo imponer justicia ante las millones de éstas que se desgastaron.

Camino hacia mi final esta vez con la cabeza alta, sabiendo que hice lo que deseaba. Que continúe la esperanza que impartiendo lleva a todas aquellas personas que se reúnen frente a la misma pared en la que yo...

Me desplomo, caigo. Mi sangre está en el asfalto, el dolor me está matando. ¿Ésto es lo que sufren ellos? Cada segundo que pasa siento más cerca la muerte...

Ya no puedo respirar...