Las palabras parecen no concordar en mi cabeza. Dicen que andar sirve
para estimular la mente, para recordar, para ayudar a que las ideas fluyan,
pero a mí los recuerdos solo me desgarran más la mente.
Escribiendo lentamente todas y cada una de éstas palabras que parecen no
salir. Puede que ésta historia no tenga mucho sentido al leerla sin más, pero
ponte en mi piel, aún más desgarrada que mi mente. Las palabras no me hacían
sangrar exteriormente y ésta era clara forma de hacer notar que el sufrimiento
también puede ser inculcado en una persona de no gran edad.
Tantas náuseas me provocaba mi nerviosismo que prefería no comer por
miedo a echarlo todo. ¿Para qué dormir, si ya no me dejaba respirar ni en mis
sueños? Siempre con los ojos hinchados, enrojecidos como la sangre. Siempre quise saber como me quedaría la raya de ojos, pero no podía; estar llorando constantemente hacía que ésta se diluyese
ojos abajo y me provocara una mirada de mapache.
No recuerdo mi sonrisa, hace tanto que no la veo que esa imagen se me ha
borrado del cerebro.
Me desahogo ahogándome en mis propias lágrimas... qué irónico. Si mi
vida es un camino tan duro, ¿por qué yo no soy más fuerte, por qué no puedo
soportar el peso de mis propias decisiones?
Reflexiones tardías en horas perdidas por hechos dañinos que apuñalan el
alma. Se me clavan las miradas cada vez que voy a alguna parte. Siempre con la
cabeza gacha, agazapada, no he de destacar, no debo llevarme más martillazos,
no podré soportarlo más.
Cada vez que paso página, me encuentro una en blanco, y cada vez que la
escribo nunca consigo acabarla.
Ser como una piedra suele salvarme. Fingir que no siento ni padezco hace
que se canse y que deje de torturarme unas horas, unos minutos, unos segundos,
lo que sea. Necesito que sus palabras dejen de ahogarme, poder inhalar un poco
de aire que me dé fuerzas para levantar cabeza, para volver a flote. A veces
pienso que mis oídos y mi corazón están conectados; cada vez que descarga su
ácido verbal contra mí y lo escucho, el corazón me duele, como si quisiese
darme un aviso de que debía ignorar, pero no podía, el cerebro me lo impedía.
Debate entre cerebro y corazón y yo aquí, sin saber a quién dar la
razón.
Puede ser que no se me haya ocurrido un buen principio, y la verdad es
que este tampoco es un buen final. Tampoco sé si mi agonía terminará, o me
encontraré en el ojo de huracán que me ralentiza en mi progreso, que me provoca
náuseas cuando miro al exterior porque el mundo gira demasiado rápido para mi
cuerpo.
Despedirse siempre es una opción y yo estoy ligada a ella, como una
madre a su hijo gracias al cordón umbilical.
Fin.