jueves, 24 de octubre de 2013

Slytherule, mundo de fantasía.



Era raro vivir en ese mundo. Era tan diferente al mundo del que vengo que me daban ganas de llorar.

Allí se respetaba la naturaleza y los animales vivían en libertad. Allí se notaba la magia y se respiraba por todo el lugar.

Era una humana, la única humana, en el mundo de Slytherule.

¿Qué hacía allí? Nunca lo supe. Estaba sola, vagando sin rumbo por una tierra desierta, muerta. Lo único que había sobrevivido era yo. Ni los árboles más fuertes, ni los humanos más sabios, ni los animales más escurridizos.

No sé a ciencia cierta cuánto tiempo estuve allí; días, semanas, meses o incluso años. Fue una temporada eterna, tan larga que llegué a desear acabar con mi vida de lo que dolía la soledad. No sabéis lo que es una eternidad sola.

Me destrozó por dentro, me dañó el cerebro. Me acostumbró a no ver más allá del fuego que poblaba la Tierra, del cielo rojo como la sangre que tintó el agua de todos los ríos. Me acostumbré a huir cada vez que llovía por miedo a que esas ardientes gotas de ácido me desintegraran.

Me acostumbré a no dormir, a no descansar, a caminar y caminar tratando de encontrar algo, alguien, tal vez... Pero no lo encontré.

Desolada, me senté en el suelo dispuesta a esperar la muerte, cuando apareció mágicamente una criatura asombrosa, blanca, pura. ¿Sería un caballo? ¿tal vez un burro? No, no podía serlo. Su belleza era sobrehumana y desprendía un cierto brillo fantasmal. Me acerqué lentamente a él tratando de no llamar su atención y que no huyese. Pero me descubrió. Sus orejas comenzaron a moverse tratando de descubrir de donde procedía el sonido, hasta que finalmente se detuvieron en seco y el animal comenzó a girarse lentamente.

Sólo cuando estuvimos frente a frente, me percaté de que era un unicornio. Un unicornio de verdad frente a mis ojos, mirándome fíjamente con los suyos, negros como el azabache, entre los que se erguía un cuerno que parecía de cristal ligeramente lila.

Era una criatura tan asombrosa que me quedé inmóvil, y cuando quise reaccionar, estaba en un mundo que no era el mío.

Había llegado allí con el simple roce de un unicornio, sin saber nada de ese mundo, sin haberlo pedido. Simplemente sucedió.

Ese mundo no se parecía a ninguno, no era como nos lo relataban en los cuentos de fantasía, ni como lo mostraban en dibujos animados. Era mucho más que eso.

Allí todo estaba en armonía, los árboles cantaban de felicidad junto a los pájaros, mientras que cientos de elfos y demás criaturas féericas bailaban a su son.

Había miles de animales tan increíbles como mi llegada a este mundo. Unicornios, dragones, sirenas, todos ellos unidos por la magia.

Llevaba ya demasiado tiempo viviendo en ese nuevo mundo, pero nunca llegué a acostumbrarme. Era demasiado irreal, demasiado... perfecto.

Haciendo caso a mis instintos, decidí investigar, y llegué al límite de la perfección para darme de bruces con la nada.

Era un vacío completo y oscuro, un vacío tan sorprendente y desolador que me recordó mis días en la Tierra y despertó en mí la nostalgia, así que me adentré en él.

Dentro era aún más siniestro que fuera. La oscuridad me acariciaba, me abrazaba, me consolaba. Siempre recordaré el frío de ese lugar.

Recorrí toda la estancia que parecía infinita, dejándome llevar por mi corazón, pero cuando quise volver, era demasiado tarde; no podía encontrar la salida.

Pasé otra eternidad allí en la que me invadieron nuevamente los sentimientos de miedo, tristeza, vacío, insensibilidad, abandono. Todas las emociones que siente una humana cuando se percata de que, nuevamente, está sola en el mundo.

Entonces, un buen día, amaneció en medio de la oscuridad. Otro amanecer rojo. Otra vez en un lugar muerto, bañado en sangre. Busqué al unicornio, busqué un árbol que cantase. Deseé volver a ver un dragón, bailar con las hadas. Quería cualquier cosa que me recordase a Slytherlue, algo que me demostrase que ese mundo no había muerto. Pero no encontré nada.

Entonces me di cuenta. Me encontré con el fin de los sueños que anhelaba. Me di cuenta de que quizá el mundo que un día vi, en el que viví, jamás existió.

Pasó el tiempo y los pétalos de la flor de mi vida marchitaron, y abandoné mi lucha. Abandoné la Tierra. Abandoné el mundo en un suspiro, con el sabor de una vida amarga en los labios. Con el dolor de la pérdida.

Descubrí que no estaba hecha para la vida, que me había salvado del apocalipsis por error. Descubrí que no tenía respuestas para tantas preguntas.

Cerré los ojos buscando la calma, la cura para un corazón herido. Pero algo me perturbó.

Tumbada sobre el suelo ardiente, los abrí lentamente, y descubrí cómo la luz se iba apagando gracias a unas nubes negras que se acercaban rápidas y amenazantes.



Sonreí por primera vez en mucho tiempo. Sonreí cuando un ensordecedor trueno firmó mi sentencia de muerte.

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