Empezó con el humo de un cigarro. Un humo áspero que quemaba en los ojos. Un humo que parecía tóxico. Un humo que, por desagradable que fuese, a ella le gustaba.
Las formas que hacía expandiéndose en el aire con tonos grises casi transparentes que la encandilaban, el olor a tabaco, a nicotina, a fuego, a cenizas, por el que suspiraba.
Primera calada, se tragó el humo de golpe, tosió.
Segunda calada, sonreía mientras miraba el humo.
Tercera calada, comenzaba a sentirse cansada, débil...
Cuarta calada, ella parecía consumirse junto a su cigarro.
Las caladas sucedían mientras su mirada se perdía entre humo. Entre sus extrañas formas que dejaban pasar pequeños rayos de luz entre sus curvas y ondas.
Quinta calada, tiró la ceniza, que pareció una montaña derrumbándose.
Sexta clada, se quedó jugueteando con el cigarro entre los dedos un buen rato. Le dio la vuelta y miró atentamente las briznas de fuego que aparecían fugazmente en la ceniza, iluminando débilmente con un tono naranja.
Devolvió el cigarro a su posición y se lo llevó a los labios, séptima calada.
Se lo iba fumando poco a poco, sin prisa alguna. Disfrutando de cada calada que ennegrecía sus pulmones.
Octava calada, su cigarro se estaba acabando y ella no parecía inmutarse.
Novena calada, el cigarro se consumía rápido, pero ella no tenía ninguna prisa.
Última calada. El cigarro se consumió. Lentamente apagó el cigarro contra el cenicero.
Tras las últimas hebras de humo ella, como su cigarro, se consumió y su vida se apagó de tal manera que, por mucho que lo intentaron, fue imposible volver a encenderla.
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