Se perdía entre las dunas
de las curvas de miseria;
en las noches de mil lunas
donde reinaba la histeria.
Donde esconderse siempre era
la decisión más acertada,
pues cuando llegaba Primavera
no había un Dios que le amparaba.
Ella nunca sonreía
ni se miraba en un espejo;
ella lloraba cada día
y huía de su reflejo.
Sentía que perdía
la cabeza un poco más
al dar diez pasos adelante
y luego once hacia atrás.
Entonces llegó aquel momento
donde tuvo que enfrentarse
a la princesa de este cuento
y entonces, analizarse,
y al mirar por fin la tez
tan blanquecina de su rostro
pudo articular de una vez:
"¿Quién amaría a este monstruo?"
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