domingo, 25 de abril de 2021

Una amistad eterna. (Relato siniestro)

Por fin sonó el despertador, tenía muchas ganas de que amaneciese. Hoy, es el día en el que da comienzo mi nueva vida. Por fin vuelvo a ser libre; por fin puedo verlos a todos. He desayunado muy rápido porque quería aprovechar bien el tiempo. Casi me atraganto con la hebra de una mandarina, ¡qué subidón de adrenalina! Hacía mucho que no sentía nada igual. Lo que no me ha gustado tanto es la luz de sol directamente sobre mi retina. La luz se distribuía mejor cuando solo tenía acolchado blanco a mi alrededor.

Me he traído un croissant para la reunión. Amigos, ¡cuánto os echo de menos! Mi mente recuerda los viejos tiempos mientras mis manos acarician las dulces flores. Recuerdo cuando Amanda se empapó entera con la manguera, ¡cómo nos reímos! Después, me mojó a mí también. Eso ya no me hizo tanta gracia. Cuando la brisa acaricia mi piel, recuerdo a Jorge y a su ventilador. ¡Bendito ventilador! Cómo nos salvó de las calurosas tardes de verano. Siempre lo encendía y era mágico, como un oasis en el desierto, pero hacía un ruido extremadamente molesto que yo solo quería acallar. Y Lidia, ¡ay, Lidia! Siempre aparecía con deliciosos pasteles de manzana, aunque me enfurecía que no trajera algo diferente para mí sabiendo que tengo alergia a las manzanas.

Un olor característico me saca del mundo de los recuerdos y me trae de vuelta a la realidad. Solo quedan doce pasos para reunirme con ellos, con mis mejores amigos, en nuestro cobertizo. Uno, dos, tres: desde lejos ya me ves; cuatro, cinco, seis: para siempre me querréis; siete, ocho, nueve: mis amigos no se mueven. Diez, once, doce: ahora nadie os reconoce. Desde el umbral de la puerta, observo la escena con emoción. Veo el ventilador, lleno de polvo y en silencio; la manguera picada sigue unida a un grifo oxidado. De los pasteles, solo queda una bandeja llena de bichos satisfechos. Primero saludo a Amanda, que ha amarilleado un poco. No debí dejarla tan cerca de la luz del sol. Después, me acerco a Lidia y a Jorge, pero no consigo distinguirlos. Google me dice que el cráneo femenino tiene una mandíbula más redondeada, así que estoy sosteniendo a Lidia. Cuidadosamente, vuelvo a colocarla en su lugar. Me siento entre ellos y, feliz, comienzo a comer mi croissant. ¡Amigos, por fin juntos otra vez!

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