viernes, 3 de agosto de 2012

Recordarte.



Todo razonamiento le parecía absurdo. Notaba como la vida se le había ido escapando poco a poco, como su cuerpo se oxidaba a medida que respiraba. Contrajo los músculos y contuvo la respiración.

Ahora que las cuentas le cuadraban, ahora que llevaba una vida tranquila, ahora que su sonrisa brillaba… la enfermera le llamó: “Señor Sáez, puede pasar.”

Rompió todos sus esquemas y entró en un continuo estado de nerviosismo. Acudió a los resultados él solo, a pesar de que su esposa, Karina, se había ofrecido a ir con él.

“Señor Sáez”_ comenzó el médico_ “¿Cómo es que ha acudido solo?... ¿Señor Sáez?”_ preguntó el médico perturbado por la inexpresividad en el rostro de su paciente y la quietud de su cuerpo. De no ser por que parpadeaba, habría jurado que era una estatua.

De pronto, éste le miró y le dijo con una tenue voz que delató su inquietud, su preocupación, su deseo y miedo por escuchar el diagnóstico: “Francisco, por favor. Llámeme Francisco.”

El médico aceptó la petición de su paciente y comenzó a llamarle así. “Verá Señor Sá… esto.. Francisco,”_ comenzó nuevamente el médico.
 Antes de decir el diagnóstico estuvo hablando largo y tendido. Durante ese tiempo a Francisco le dio tiempo a recordar el por qué de estar allí… recordar.

Todo había empezado hacía tres meses cuando Francisco comenzó a tener pequeñas lagunas de memoria. No se acordaba de muchas cosas, pero no le dio importancia, puesto que muchas veces estás despistado, dejas algo sin prestar atención y luego no te acuerdas de dónde estaba, hasta que un día Francisco olvidó donde trabajaba. Karina estaba preocupada desde el principio, porque aunque no le diese importancia, ella se preocupaba por su salud. Entonces fue cuando pidió cita para el médico en el cual le hicieron varias pruebas de las que los resultados se sabrían mínimo un mes después y ahora estaba allí, sentado frente al médico que le daría los resultados, sumido en sus pensamientos. Oía al médico lejano a pesar de que estaba al lado.

“Bien, Francisco, sé que esto es duro, pero…”_ El médico no se atrevía a continuar, no había dado nunca una noticia de tal calibre, nunca le había diagnosticado a nadie… "Alzhéimer"_ Terminó Francisco por él la frase.

Silencio. Después de esa noticia la habitación se sumió en un oscuro silencio en el que lo único que brillaba era una tímida lágrima de Francisco, en lo que lo único que sonaba eran los pensamientos de éste que le atormentaban, repitiéndole una y otra vez que iba a olvidarlo todo y a todos.

Francisco abandonó la clínica cabizbajo, resonando una y otra vez la palabra "alzhéimer" en su cabeza. Llegó a casa con un aura negra que perturbó a Karina. Al ver el rostro de su esposo, no necesitó preguntar, puesto que ya conocía la respuesta. Lo que no imaginaba es lo que a continuación vendría. “Karina, hemos de hablar. Voy a olvidarlo todo, pero lo que más miedo me da es olvidarte a ti. Te causaré un grave dolor cada vez que quiera hablar contigo y no recuerde tu nombre y me dolerá no saber el por qué de ese dolor. No quiero sufrir, no quiero que sufras y por eso he decidido irme.”_ concluyó Francisco.

Karina no se atrevía a hablar, no sabía que responder en ese momento. En el fondo sabía que él llevaba razón, pero ella no quería perderle antes de tiempo. Cavilando ella en ese abismo en el que cualquier palabra no tendría sonido, no le quedó más remedio que aceptar su decisión.

Ambos se dirigieron a su habitación en silencio, Francisco a hacer la maleta y Karina a ayudarle. Una vez terminado, ella preparó la cena. Ninguno de los dos comió, las fuerzas les fallaban. Francisco se fue a la mañana siguiente rumbo a ninguna parte. La gente que le miraba seguramente se preguntaban si era él el que arrastraba la maleta o la maleta le arrastraba a él.

Francisco iba recordando las palabras del doctor: “Éste alzhéimer está muy avanzado… me duele mucho darle esta noticia, Francisco, pero le calculo seis meses de vida.” Seis meses de vida...

Los tres primeros meses Francisco fue vagando de hotel en hotel con el dinero que había sacado de casa, el que había sacado de su cuenta y el que, aunque él no lo recordase, Karina le había regalado. El tiempo se le antojaba lento y se encontraba vagando entre los recuerdos que aún le quedaban. Ya no podía recordar prácticamente nada y el nombre Karina para él ya no tenía significado.
A finales del quinto mes, Francisco ya no recordaba lo que había hecho el día anterior y tenía grandes lagunas de lo que había hecho varias horas atrás. Olvidó el uso del dinero y de las ropas que llevaba en la maleta. El principio del sexto mes en el cual su vida tendría fin transcurrió rápido para él. Era invierno y ya había nevado varias veces. Francisco iba con la misma ropa durante un mes en el cual había llovido, nevado, vuelta a llover y a la aparición de un amplio arco-iris. Este suceso fascinó a Francisco, el cual ya no sabía hablar. Iba caminando por la arena de Levante cuando se cayó de bruces al suelo. Una mujer de aproximadamente su misma edad le ayudó a levantarse. Francisco no recordaba como sostenerse, entonces la mujer le llevó a su hogar y le tendió sobre la cama.

La mujer se quedó atónita contemplando a Francisco, con lágrimas en los ojos. Francisco observaba todo desde la cama, cual recién nacido, con curiosidad y reparó en una fotografía enmarcada en madera de aquella mujer con un hombre el día de su boda. Francisco no recordaba leer, por lo tanto no advirtió que en la madera estaba grabado “Francisco y Karina.”

Francisco miró a Karina y pareció mirar su tono de ojos. Era un color azul cielo impregnado de lágrimas que la luz de la ventana atravesaba formando un pequeño arco-iris en su iris. Francisco parecía sonreír.
Cuarto de hora después él adoptó una posición fetal en la cama en la que tantos años estuvo durmiendo junto a ella, cerró los ojos y murió.

Karina comenzó a llorar gravemente, y a secarse las lágrimas con esa bata de estar por casa roja con dos bolsillos a ambos lados que tanto le gustaba a Francisco. Metió las manos en los bolsillos y palpó algo en el izquierdo. Pensaba que era un pañuelo e iba a optar por secarse con él, pero al tocarlo con más atención, Karina notó un tacto más plastificado que el de un pañuelo. Ella lo sacó sin cesar de llorar y descubrió una cartulina de color rojo, el favorito de Francisco, en la cual estaba escrito de su puño y letra "El romance de la Luna Luna", de Federico García Lorca. Era su poema favorito y Francisco lo había escrito para ella. Al final del todo, éste añadía: “No estés triste por mí, sé que el destino nos reunirá. Vive feliz aunque yo ya no esté, porque estaré siempre contigo.”

Karina sonrió aún con lágrimas y decidió cumplir la voluntad de Francisco hasta que llegase el día en el que ambos se reuniesen de nuevo.

5 comentarios:

  1. ¡Que boniiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiito!En serio, esta súper bien escrito y tal, es genial, sigue así, porfiplis!


    PD: como te sigo?Es que no tienes la cosa aquella de miembros y me pierdo TT_TT

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. ¡Intentaré seguir así! :D Ya he puesto lo de miembros, supongo que desde allí ya sabrás seguirme, ¿no? >U<' ¡Muchísimas gracias por el comentario, de verdad!

      Eliminar
    2. ¡Sisi!:'DDD gracias jajajaja super bonic^^

      Eliminar
  2. escribes genial tambien t sego en youtube y pareces muy joven como haces para escribir asi de bien siendo tan joven?
    en serio m encanta y espero que algun dia vea en una libreria un libro con tu nombre y apellidos.

    PD: mi abuelo tenia alzhéimer y tu relato a conseguido conmoverme

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Mi abuelo paterno también tuvo alzhéimer y me inspiré en su enfermedad para hacer este relato... Me alegro mucho de que te halla conmovido y también de que me sigas en YouTube. Respecto a lo de escribir así de bien, no tengo ni idea. Supongo que es un don o algo... :3

      Eliminar