Se miraron fijamente.
Era un ella contra él.
La batalla comenzaba, y ninguno iba a perder.
Atacantes deseándose, retándose poco a poco. La mirada era la clave y en las manos fijo el foco. Una caricia sugerente, una mordida de labio, se miraron fijamente, dio comienzo el calvario. El primer ataque fue de ella, lo besó con dulzura. Él cogió su mano y miró sus ojos con ternura. Se asfixiaron con los besos, se rompieron en abrazos. El sentido se perdía, como la ropa de ambos. Más besos, más caricias, más ataques y por Dios, más sonido, sentimiento, y poco a poco el movimiento sincronizó sus latidos y con el paso del tiempo les pitaron los oídos...
¿Había ganado? ¿Había perdido?
La batalla continuaba, ambos lo deseaban. Eran tan competitivos que ninguno perdería. Las caderas como escudo se seguían tambaleando, los cuerpos temblaban como la gelatina, escalaban con tanto brío que pronto alcanzarían la cima. Y ahora nada importa, no importaba, no importará, se tienen el uno al otro y eso nunca cambiará. Y se quieren, le quiere, le quiero y grito que se aman, le ama, le amo y lo necesito como una vieja triste necesita a su gatito y siguen inmersos en una fiera batalla en la que la ropa sobra y los gemidos estallan y se pierden nuevamente en los ojos del otro, él navega por su mar y ella se bañaba en oro. Se encontraron ambos dos en la cima del acto. La batalla ha terminado, los cuerpos están intactos y sonríen, sonríen porque tuvieron valor. Enfrentaron la batalla y nadie ha sido el perdedor.
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