El catorce de febrero
nadie pudo imaginar
la tragedia del soltero
que se iba a avecinar.
Que con la soga en mano
y la silla preparada
escribió, y no en vano,
una carta inesperada:
"Yo te quiero más que a nada,
pero el "tú y yo" ya no está.
Es para ti, mi enamorada,
lo que escribo al compás.
Entre lágrimas y tinta
pongo fin a mi pesar,
pues mi alma ya está extinta
y se hunde en este mar.
¿Qué sentido hay en la vida,
si mi vida eras tú?
¿Quién me cura las heridas;
quién me alumbra con su luz?
Tan perdido en este mundo
que no lo puedo aguantar.
Como un loco dando tumbos,
mi sufrimiento va a acabar.
Ahora voy a despedirme,
pero antes quiero decir:
Gracias siempre por cubrirme
sin tenerlo que pedir.
Gracias por estar conmigo
en lo bueno y en lo malo;
por servirme como abrigo
cubriendo heridas del pasado.
Por quererme estando ciego
y no ver la realidad.
A ti, Musa, te lo ruego,
que me lleves con piedad.
Que no hay nada más hermoso
que esos besos en silencio;
que fue un tiempo precioso,
pero con esto sentencio
el final tan esperado
que nadie quiso imaginar.
Créeme, me ha costado,
pero es mi hora de marchar".
Con estos pocos versos
que salen del corazón
el Soltero mandó besos,
y a Dios rogando perdón,
dio el salto del final
en busca de una salida.
Y con este acto letal,
"Hasta siempre, Valentina".
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