Depender de ti
de mí,
de tu nívea tez,
de la escasez
que provoca
el roce de tu cuerpo
en mi boca;
depender y defender
lo que fui,
lo que somos,
el huir
de mis lobos.
Depender de su luz,
su fugacidad;
saber que no hay estrella
que brille más que ella.
Dependiendo y pendiendo
de un hilo
de miseria absoluta,
del que vive y no disfruta.
Depender del dulce
polvo blanco
que se desprende
y que defiende
la atrocidad de mis actos.
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